Reapropiaciones

 

 

La obra de Desfeux parte de la concepción de un trabajo en tres dimensiones. Sospecho que sería dificil adivinar si primero su imaginación había determinado la forma cilíndrica de expresión o si, en sus vagabundeos por la ciudad, un tubo de cartón, abandonado entre los escombros, lo encontró a él y se impuso como punto de partida para su obra.

Lo que sabemos es que ese istante fue decisivo y que determina, asimismo, una forma de enfrentar el arte, a partir de elementos sencillos, cotidianos, elementales, capaces de mantener una relación con el elemento principal, el cilindro. De esta manera, llegan sin mayor premeditación las cerillas, las ramas, las algas, las cestas de mimbre que descompone en pequeños trozos, las cuerdas, materiales que configuran la cara artesanal del trabajo. La transformación minuciosa, respetuosa de la forma hallada en origen, la manipulación pausada, convierten el tiempo de la obra, en el placer de la obra.

El azar de todo hallazgo y la lenta transformación del trabajo son el compás de origen del arte de Desfeux.

 

 

Sylvia Miranda
Poeta y escritora
Madrid, agosto de 2010.

Claustros de luz

 

 

Silencio, luz, equilibrio, el tiempo condensado en las manos. O, como decía en uno de sus versos el poeta Paul Celan, la mano llena de horas. Todo transcurre bajo la bóveda, o claustro resguardado, invulnerable, aislado, del taller de un artista. O del estudio o cuarto secreto del poeta, en el que las horas igualmente se estiran, se encogen y se eternizan, a su manera, en la ingravidez leve y tenaz de la búsqueda, del esfuerzo que no conoce descanso. De esa persistencia que gira, una y otra vez, en torno al círculo mágico e inseparable de la vida compuesto de lucha y afán, método y hallazgo, experimentación e inspiración, creación y felicidad, soledad y necesidad de los otros: de ese ojo que, finalmente, a expensas del tiempo, a expensas de cualquier otra ocupación que no sea la pura contemplación artística, ve, recibe, absorbe y dialoga con la obra creada.

Una obra, como la que se produce en el claustro o taller de Michel Desfeux, inspirada, por encima de todo, en la idea más genuina de libertad, dentro del arte de nuestros días o, si se prefiere, dentro del arte de todos los tiempos, géneros y espacios, habidos y por haber, a lo largo de la Historia. Objetos libres y totalmente gratuitos, tanto a la hora de ser útiles, a la hora de gustar o no, como a la hora de encarnar un determinado tipo de material, el trabajo -fascinante, sensual, lúdico, lleno de emoción, de enigmática y perturbadora belleza- producido por Michel Desfeux, tiene un origen que, en sí, encarna la mas pura radicalidad y libertad deseable para toda obra de arte. Esa radicalidad anti-consumista se ve representada en su caso en hermosos y cautivadores objetos creados a base de cartón, de recuperación, de aprovechamiento gratuito y azaroso de recursos.

Para hablar de la obra radicalmente original y libre de Michel Desfeux, de sus inclasificables y sugerentes trabajos construidos sobre soporte cilíndrico en cartón, mitad esculturas, mitad pinturas, hay que hablar -como en el caso del narrador contemporáneo G. W. Sebald, que bebió y se inspiró en todas las formas y géneros literarios posibles- de la yuxtaposición, simultánea y perfectamente integrada, de varias ramas o disciplinas del arte contemporáneo a las que se puede añadir también la arquitectura.

Por un lado, estaría la escultura, quizá lo más evidente a los ojos del que contempla, ya que se trata de objetos construidos en tres dimensiones. Algunos de ellos, por otro lado, se presentan en peonas en medio del espacio. Concebidos en función del movimiento o movimientos que el espectador vaya desarrollando mientras contempla, son visibles a través de su desplazamiento, dialogando y siendo re-creados, palmo a palmo, con él.

En un segundo lugar, no menos esencial en la concepción de estas obras de Michel Desfeux, la pintura, la incontestable seducción y armonía de colores y formas que contienen los fragmentos pintados de estos cilindros, adquiere por supuesto un gran protagonismo. Algo, por otro lado, una vez más, indivisible dentro del carácter interno y del contenido simbólico de estas piezas de género mixto, que hacen pensar en la frase de Nietzsche: «Eso que los no-artistas llaman formas, el artista lo experimenta como contenido, como la cosa, en ella misma».

Por último, no se puede prescindir del hecho de que un cierto tipo de arquitectura, de estructura específica sostiene cada una de estas obras. Se trata de piezas compuestas por una multitud de trozos dependientes los unos de los otros y organizados de tal manera que cada cual participa en la expresión y en la unidad final del conjunto, del mismo modo que son necesarios los actores en el teatro o los músicos en una orquesta para la ejecución y necesaria comprensión de la obra expuesta y representada. Algo, de nuevo, en absoluto gratuito en la concepción de estos admirables y singulares trabajos de Michel Desfeux, ya que una música interna, callada, inexpresable, igualmente respira y fluye a través de cada pieza observada. Una música envolvente y delicada que transmite la armonía, las disonancias, los ritmos, los silencios, la melodía y, en suma, el acompañamiento acumulados posiblemente durante la gestación de la obra.

 

 

César Antonio Molina
Escritor
Ex Ministro de Cultura
Madrid, marzo de 2011

En las escalas de la pintura

 

 

Acercarnos a la obra de Michel Desfeux nos plantea, a primera vista, un desafío, determinado por el soporte físico, la forma tubular, escultórica, en la que desarrolla, sin embargo, un trabajo eminentemente pictórico. La verticalidad y la circularidad, casi insular, de cada creación, desvelan percepciones muy arraigadas en el ser humano, reminiscencias que nos llevan al tótem, espejo metamorfoseado del hombre. De esta manera, mirar una de estas obras puede ser una forma de mirarnos y mirar a los otros, bajo los ropajes inventados por el pintor. La posibilidad, añadida de transitar entre las obras crea también el simulacro del bosque o de la ciudad, que convierte cada pieza del conjunto expuesto en un árbol o en un ser, en cada espacio abierto puede aventurarse un sendero o una calle. Pero Desfeux no encontró en esta forma una simbología humana, ni escultórica, halló sencillamente un espacio distinto que le impulsó una forma de trabajo, una exploración solitaria y minuciosa, hasta llegar a su propio lenguaje. La experiencia de la pintura apropiándose de su soporte, indagándolo, más allá de él mismo. El tubo se transforma, asume cortes, superposiciones, integra nuevas materias: cuerdas, cintas, maderas.

En esta búsqueda de la belleza y del equilibrio, el pintor ensaya las diferentes emociones de la vida depurándolas, logra expresar visualmente una melodía, dar forma a un ritmo que se construye sobre el tubo como sobre una escala musical. La idea de la escala y de la escalera es muy propia de esta pintura que se concibe en ascenso. Con Matisse comparte esa “joie de vivre” que fundamenta el desarrollo imaginativo, esa danza interna, ese dinamismo que, en Desfeux, es propiciado por la circularidad y que expresa en esas pinceladas ligeras, en ese sentido ascendente de su construcción pictórica, en los tonos pasteles que se transparentan, o en el juego armónico de variantes y repeticiones.

Una pintura que, como Alicia en el país de las maravillas, nos invita a explorar los territorios de un mundo entendido como un encantamiento.

 

 

Sylvia Miranda
Poeta y escritora
Madrid, junio de 2007.

BELLEZA Y ARMONÍA POR UN TUBO

 

 

La castiza muletilla por un tubo viene a señalar algo de calidad o cualidades formidables o bien algo que se da en abundancia o sobradamente. Tales calificaciones serían perfectamente aplicables a las obras de arte que crea Michel Desfeux (Avranches, Normandía, 1947) si no fuera porque, además, sus obras merecen otras consideraciones de semejante calado, toda vez que las crea a partir, precisamente, de tubos de cartón que recoge del desecho, rescatándolos así del olvido, de la destrucción, para proporcionarles una nueva vida con auténtico sentido, dotándolos de alma.

No se trata de una exageración ni de una licencia poética: bien pensado, un tubo de cartón se fabrica para que sirva de alma invisible e inanimada de otros objetos, constituyéndose en el soporte en el que han de enrollarse materiales varios, papel, plástico, tejidos diversos; acabado el envoltorio, el tubo se ve obligado a perder todo su significado… hasta que con su excelente trabajo, Michel Desfeux confiere una dignidad inusitada a tan prosaicas estructuras, haciéndolas dignas de su exhibición en galerías, de prestigiar paredes y salas de coleccionistas y amantes del arte contemporáneo.

Estamos ante unas sorprendentes y espectaculares piezas de presencia totémica y aspecto sumamente delicado; a simple vista, evocan instrumentos indígenas, tal vez rituales, tal vez musicales; si se las mira bien, el colorido y la armonía de que están dotadas invita al abandono conceptual y al deleite sensorial, pero cuando se las escudriña con detalle, la sutil filigrana que las viste obliga, nuevamente, a la recreación en los finísimos detalles, tal vez a la presunción de que son guardianes de enigmáticos y cautivadores secretos que el artista nos invita a desvelar.

Ensoñación desbordante y contagiosa, finura encomiable y exquisito acabado son otros detalles que adornan las bellas piezas de una soberbia colección que ofrece diferentes tamaños, distintos calibres y diversas posibilidades; para colgar en paredes o para colocar en el suelo, de morfología simple o compuesta, e incluso, para completar un rizo fantástico, dotadas de geometría variable. Bienvenidos al universo encantador de Michel Desfeux.

 

José Luis Yuste

Periodista

Madrid, diciembre de 2017

Armónicas

 

 

Flautas de Pan falsa madera preciosa de islas finas como la seda

melodías  partitas  variaciones  vibran delicadas

instrumentos ancestrales imbuidos de alma

objetos sagrados sin objeto inútiles esenciales

o bien don de tesoros  oro vegetal regalado

ricos humildes infinitamente entrelazados

ese soy yo

o bien útiles amorosamente esculpidos  trenzados  bordados  tejidos

lujo cotidiano de un banal olvido

gestos rituales de amor femenino-masculino

manos consagrando el pan del alma al comienzo del tiempo humano.

 

 

Monique  Audureau

(Trad. Sylvia Miranda)

Normandía, mayo 2018